Qué mecanismos producen el conocimiento
en cada uno de estos ámbitos o cómo se relacionan unos con otros son puntos más
interesantes para la sociología del conocimiento, en definitiva, cual es la
relación entre sociedad y conocimiento. Como comentaba antes, no se entra a
valorar el hecho de que una persona religiosa pueda creer en los ángeles o en
la resurrección del hijo de un Dios, eso no tiene por qué incapacitarlo, por
ejemplo, para conseguir el Nobel de Física; en este momento, debe valernos con
que ese conocimiento sea una realidad incuestionable para quien así lo cree y
ser conscientes de que se trata de un hecho fundamental para la construcción de
la realidad social.
¿Cómo afrontamos esto? ¿Desde una visión
objetiva, subjetiva o intersubjetiva? Personalmente creo que no hay opción,
como veremos en el breve esquema histórico que sigue, cada uno de los autores
lo afronta desde el único punto de vista posible, el suyo propio, caminando en
la medida de lo posible, hacia la objetividad, que es un “objetivo” muy loable,
pero difícilmente alcanzable, aunque, en cualquier caso, deber ser siempre a lo
que se debe tender. La tercera vía, la intersubjetividad, más en boga hoy en
día, me parece una manera de justificar esa subjetividad inherente al hombre,
de dejarla plasmada para nuestra tranquilidad, pero que, según mi entender, no
aporta ningún valor añadido. No puedo evitar que no me transmita más que cierta
inseguridad en el razonamiento que pretenda plantearse en una especie de
cubrirse las espaldas.
Hagamos ahora un breve ejercicio
histórico y remontémonos a los inicios de las ciencias sociales para ver cómo
ha evolucionado el papel que el conocimiento ha tenido en la construcción de la
realidad. Podríamos empezar con Maquiavelo,
que ya en el siglo XVI, en pleno renacimiento italiano, lo pone al servicio del
poder; el conocimiento no es más que un medio a utilizar sin escrúpulos para
llegar al gobierno y, una vez allí, poder mantenerse a toda costa, sin
producirse ningún tipo de planteamiento moral. Con Rousseau, en el siglo XVIII, parece que el conocimiento va a pasar
a ser una herramienta al servicio del bien, que sirva para desenmascarar el
engaño que pretende hacer que deseemos lo que se nos está imponiendo desde las
esferas del poder.
Con Marx,
y partiendo de su concepción del trabajo como principal actividad humana, llegamos
a la conclusión de que la capacidad de conocimiento que tenemos de nosotros
mismos y sobre el mundo que nos rodea está manipulada, nos viene además
impuesta por los intereses económicos de una minoría privilegiada que utiliza
precisamente ese trabajo, constituido en imprescindible para pertenecer a la
“buena” sociedad, para de este modo chantajearnos y conseguir una paz social
muy conveniente económicamente para ellos.
A pesar de no estar completamente de acuerdo con esa concepción marxista del trabajo, si lo estoy con su concepto de ideología. El control, a través de la colocación de barreras que no nos permitan alcanzar ese conocimiento, se realiza a través de ella, y me parece muy vigente; cierto es que quizás los métodos han cambiado, antes se trataba más bien de reducir y limitar el acceso a la información, hoy más bien se nos satura de ella y se definen mejor los “targets” de manera que cada uno reciba la información que espera para su plena satisfacción, en tal cantidad que le sea imposible gestionarla de forma adecuada, haciéndonos vivir en un estado de posverdad constante, ¿a cuántos podemos nombrar, por ejemplo, que se hayan negado a ver TVE1, TV3, la Sexta o 13TV?¿Cómo van a contrastar esas personas sus propias opiniones? El mensaje que permite la reflexión, la crítica y, en definitiva, el conocimiento, es muchas veces el contrario.
Friedrich
Nietzsche, el otro maestro de la sospecha, no se
preocupa ya por determinar la veracidad del conocimiento, como en la sociología
del conocimiento moderna, ya no es el factor de mayor relevancia, en contraposición
a las Ciencias Naturales y su pretensión de homogeneizar y simplificar el mundo
que nos rodea y a nosotros mismos, un mundo en constante cambio que nos asusta
y cuya comprensión no está a nuestro alcance. Podemos alcanzar el conocimiento,
pero debe haber una mutación, un cambio radical que nos permita desligarnos de
tantos siglos de engaño y vencer el miedo al abismo. El conocimiento ya no es
una herramienta para comprender el mundo, sólo para interpretarlo, entendiendo
esa interpretación como un mero juego de distracción o entretenimiento para la
mayoría de nosotros. Para otros pocos, una restringida élite, el conocimiento
se constituye en el medio para realizar la ordenación y simplificación del
mundo en la manera más ventajosa para sus intereses.
Con Marx y Nietzsche dejamos atrás el
siglo XIX y nos adentramos ya en lo que, ahora sí, podemos llamar la sociología
del conocimiento, término acuñado por Max
Scheler. Muy influido por el historicismo
alemán, que concibe toda realidad como el producto de un devenir histórico. El
historicismo nos indica que no es posible alcanzar el conocimiento de nosotros
mismos o de la realidad que nos rodea si no es aceptando que forma parte de un
proceso histórico continúo. Me atrevería a resumirlo diciendo que arrastramos
una carga demasiado pesada como para pretender alcanzar el conocimiento sin
tenerla en cuenta y es el conocimiento de esa carga, la Historia, lo que va a
permitirnos conocer nuestra realidad actual. Scheler pretenderá huir del
relativismo al que conduce el historicismo, que juzga todos los hechos en
función del momento histórico en el que tienen lugar, desde una visión émica.
Karl
Manheim (1893-1947), el primer gran sociólogo
del conocimiento, contrapone su propia visión de la ideología a la de Marx.
Para Manheim cualquier visión del mundo es pura ideología y, por tanto, ésta
forma parte de la condición humana, al contrario de Marx, que la ve como una
fuerza opresora que desaparecerá cuando se revele quien la sufre. De alguna
manera, y desde la visión humanizada de la ideología que presenta Manheim,
parece que queda normalizada, en la medida que, ahora, cada persona puede tener
una propia. En este punto podría decirse que habrá unas ideologías mejores que
otras, pero claro, esta valoración no es el objetivo de la sociología del
conocimiento. Por supuesto, Manheim también intentará huir del relativismo al
que parece conducir la producción de tantas ideologías.
Sabemos ahora alguna cosa más sobre como la sociología del conocimiento lo ha relacionado con la sociedad a través del poder, pero, ¿qué hay de esa relación en nuestra vida cotidiana? Esa es la principal novedad que nos aporta Alfred Schütz (1899-1959), que define esa vida cotidiana como el mundo real; una vez más el punto relevante no es si ese mundo cotidiano es real, lo importante es que funciona como si lo fuera. Incluso en un mundo globalizado como el nuestro, en el que pudiera parecer que los efectos externos pudieran repercutir de forma más considerable en nuestro mundo cotidiano, me parece la teoría de Schütz muy vigente, aunque quizás, podría también definirse como burbuja cotidiana, en la que esos efectos externos difícilmente provocan cambios considerables.
Como herederos directos de Schütz,
llegamos a Berger y Luckmann, que nos explicarán cómo es
posible que nosotros, como sociedad, seamos capaces de establecer un marco de
convivencia, o lo que es lo mismo, una realidad objetiva para poder compartir.
También acerca de la importantísima relevancia que tiene el lenguaje en la
construcción de esa realidad objetiva aceptada en alas de la paz social. No son
tanto los condicionantes genéticos o fisiológicos los que nos incitan a vivir
en sociedad como las rutinas a las que tendemos como humanos. Son esas rutinas
las que forman las bases para estabilizar un mundo cambiante y las convierten
en realidades sociales aceptadas de forma general. El objetivo es, una vez más,
estabilizar un mundo en continuo movimiento, realidad (o no) de la que el
hombre parece intentar huir constantemente, le lleve a donde le lleve.
Viendo la evolución de la sociología del
conocimiento, con la enorme complejidad de sus planteamientos, puedo hacerme
una idea de la inmensidad que pretende abarcar y de las enormes dificultades
que debe superar, sus cimientos no son como los de las matemáticas o la física,
su edificio no es, por tanto, de una estructura tan fuerte. Pero lo que da más
vértigo es el pensar, desde el convencimiento, que son precisamente estas
ciencias sociales, entre ellas, la sociología del conocimiento, la que debería
permitirnos avanzar por el que debería ser el único camino de la humanidad, el
de la búsqueda de la felicidad, sin utilizar los pretendidos atajos por los que
nos están llevando las aparentemente inquebrantables ciencias naturales.
Como Kant, y en referencia a la
dicotomía entre ciencias naturales y sociales, prefiero el saber al
conocimiento, también la comprensión a la explicación, aunque quizás,
deberíamos esforzarnos en encontrar la perfecta proporción entre estos cuatro
conceptos, de momento, los segundos de cada analogía ganan por goleada.
Como punto final a este texto me
gustaría incluir un demoledor aforismo de Nietzsche incluido en uno de los
módulos: “Nada de lo que ha dado color a
la existencia tiene todavía su Historia. ¿Existe una Historia del amor, de la
lujuria, de la envidia, de la consciencia, de la piedad, de la crueldad?”
No se pueden definir mejor las aparentemente inabarcables dificultades a las
que se enfrenta la sociología del conocimiento.