30 de diciembre de 2018

En la piel de Rousseau. Crítica a la democracia.





[Nota previa: el texto se desarrolla en primera persona desde la perspectiva de J. Rousseau, en cuya piel he pretendido ponerme como si todavía pudiera observarnos. He intentado diferenciar mediante la cursiva mis propias opiniones o conclusiones cuando son libremente interpretadas de la bibliografía que sirvió de base para este texto o de las propias ideas de J.J. Rousseau]




Debo confesar que, efectivamente, pusimos demasiada fe en la razón… todo ese optimismo que sentimos por la nueva ciencia que se abría a nuestros pies ha demostrado ser infructuoso. Hubo un tiempo en que creímos que era posible la creación de un mundo nuevo sobre las cenizas del viejo, un tiempo en que todos fuimos uno solo frente a los antiguos fantasmas que nos habían engañado en cuanto a su origen divino y nos alzamos sobre los hombros de gigantes ilustrados que nos ofrecían la base moral y política de lo que debía ser un nuevo espacio de convivencia que permitiera olvidar tantos y tantos siglos de opresión, engaño e injusticia.

Pero nos olvidamos de que somos humanos y, como tales, imperfectos; descuidamos una parte de nuestra alma que es, cuanto menos, igual de importante que nuestro discernimiento. Desatendimos nuestra propia naturaleza,  que no debe ser descuidada por ninguna forma teórica de gobierno que pretendamos ofrecer, cuya principal responsabilidad debe ser siempre propiciar el entorno político y social que permita que no se malogre[1].

Cierto es que tan solo llegué a atisbar como el Antiguo Régimen iniciaba su caída en ultramar, la distancia de nuestras antiguas colonias norteamericanas iba a permitir construir un mundo nuevo sin necesidad de destruir nada, más allá de los finos lazos que las unían a la vieja Europa y que no iban a tardar en romperse definitivamente. Ya disponíamos de las herramientas filosóficas y políticas, de la base ideológica sobre la que cimentar una nueva sociedad basada en el gobierno de la razón y la lógica, el cambio no tardaría en producirse también en el viejo continente, pero yo ya no podría ser parte de él como me hubiera gustado. El objetivo parecía claro, la voluntad general era un clamor, las cosas debían cambiar, ¿dónde quedó toda aquella fuerza? Diríase que la voluntad general acabó siendo, como siempre, la de solo unos pocos que se erigieron como “interpretadores” para luego traicionarlos en interés propio.

Visto ahora en perspectiva, me alegra poder hacer mi valoración desde mi cómoda posición actual, aquí junto con Hobbes, Locke, Newton, Voltaire, Galileo, Montesquieu y tantos otros…, tenemos tertulias inacabables sobre como vemos el mundo actual, nuestro problema no es, evidentemente, de tiempo, pero debo confesar que la paciencia de uno tiene también un límite. Y es que ya no tengo manera alguna de hacerles ver que los problemas que vemos actualmente desde nuestras alturas no puede ser resueltos solo desde la razón, que todas esas hormiguitas que vemos ir cada día a sus trabajos, cuidar de sus hijos,…, o en definitiva, tener un tremendo éxito o fracasar estrepitosamente, tienen que atender también a intangibles, a fuerzas que van más allá de la propia lógica, y que se enfrentan a fuerzas que no pueden ser cuantificadas ni materializadas, algunas externas a ellas, pero otras, quizás más fuertes aun, situadas en su propio interior.

La Revolución de 1789, ¿a dónde nos llevó?, al Congreso de Viena de 1815 y de ahí a la Restauración, para llegar a 1848, cuando por fin cayeron los viejos ídolos, ¿o no? No puedo dejar de sentirme, en cierto modo, traicionado, en realidad no pienso que pretendiéramos cambiar simplemente unos por otros, se trataba de buscar un bien común, una sociedad más justa e igualitaria; pero nos olvidamos de que lo que se escribe en un papel, tras no pocos esfuerzos y noches en vela, debe tener en cuenta también la variable humana, la parte no racional de su espíritu, que le es tan propia como la misma razón.

He oído lo que dice Russell de mí[2], y no puedo alejarme más de lo que ya me encuentro, en mi posición actual de mero observador celestial, de la responsabilidad de las interpretaciones que cada cual haga de mis escritos, aunque he de confesar que ciertos comportamientos me han llevado a replantear, en algún momento de debilidad, mi convencimiento íntimo sobre la bondad de la naturaleza humana. ¿Hubiera existido un monstruo como Hitler de haber disfrutado de una forma de gobierno que hubiera evitado los errores del Congreso de Viena y el nacimiento de los estados nación que nos llevó a la I Guerra Mundial? quien sabe… ¿Qué influencia tuvo nuestra incapacidad de aplicar una forma de gobierno que se elevara con sentimientos de libertad, fraternidad, justicia social e igualdad, en vez de hacerlo sobre los más oscuros de nuestra alma?

Debemos ser conscientes que el grado máximo de libertad lo encontramos viviendo en sociedad y que para ello debemos respetar el orden social, pero éste (y aquí es donde siempre me enzarzo con mis colegas Hobbes y Locke[3]) no debe basarse nunca en la fuerza, sino en el acuerdo. Cualquier poder político debe ser capaz de conjugar lo que se deriva de ese acuerdo, es decir, como encajamos la libertad individual de cada uno de nosotros con la colectiva, con la voluntad general. El problema al que hacemos frente es ése, como definimos y trasladamos la voluntad general que nos permite vivir en el grado máximo de libertad, a saber, en sociedad.

Lo que veo es un pueblo que cede su soberanía a un parlamento, que debiera ser el encargado de velar por el interés general, pero los diferentes partidos, representantes de cada uno de sus votantes acaban velando solo por el interés de los suyos propios, ya que de hecho, son los únicos que les permiten seguir ostentando el poder o su cuota de representación. En este sencillo paso, nos hemos dejado ya en el camino al interés general, que es mucho más que la suma de los intereses de cada uno de los individuos que componen una sociedad, siendo además mucho más sencillo, por otro lado, que otro tipo de grupos de poder ajenos a los oficiales ejerzan sus influencias de forma mucho más simple, directa y sutil.

Como ya he comentado, es el pueblo quien ostenta la soberanía, y son los diputados del parlamento quienes la administran; no pueden considerarse por tanto representantes de esa soberanía, a lo sumo podrían denominarse delegados; de hecho, nadie puede representarla y ese es el principal reto al que se enfrentaban y se enfrentan las actuales democracias occidentales, como transferir lo intransferible. Como salir de ese círculo partidista en el que los que se erigen como “representantes” de la soberanía popular lo son tan solo, de forma práctica, de sus propios votantes y de quienes los financian, y tienen como único fin mantenerse en el poder como forma de vida: ¿he aquí una clave del porqué del fracaso de las formas de gobierno asambleario? me refiero, en este punto, a la complicación que implicaría el manejo de una forma de gobierno de ese estilo por parte de los poderes económicos que necesitan de la estabilidad para su desarrollo.

Lo más parecido que veo actualmente a lo que pretendía exponer en mi Contrato Social no son por tanto los parlamentos que rigen las mayores democracias occidentales, sino sus constituciones, las que establecen el marco general de convivencia entre sus miembros, pero observo en algunos países una rigidez en las mismas que las desacreditan, las desvirtúan y las ponen también al servicio de sus propios intereses. Ese acuerdo en el marco de convivencia, esa constitución, debe ser continuamente refrendado y modificado por sus miembros; entiendo la necesidad de cierta rigidez que permita mantenerla como firme asidero al que acudir cuando se producen conflictos internos, pero al ritmo que se desarrollan las cosas en este frenético siglo XXI, ¿qué menos que permitir, cuanto menos a cada generación, refrendar ese acuerdo?

Tal como mi amigo Copleston me interpretaba, muy acertadamente, es solo en las votaciones en las que elegimos a los miembros de nuestros parlamentos cuando somos libres, solo en ese preciso y fugaz periodo de tiempo podemos considerarnos emancipados de forma absoluta, para luego volver a caer en la esclavitud partidista[4]Entiendo que un mundo como el actual, donde de la diversidad se hace virtud, se haga cada vez más complicado hallar la voluntad general, el bien común, probablemente habré de reconocer que mis teorías sean ya de difícil aplicación, pero debería admitirse, cuanto menos, que la vida en sociedad sigue reportándonos enormes beneficios. Sí, incluso más ahora, que los derechos individuales de grupos sociales cada vez más reducidos y heterogéneos nos hacen olvidar todo lo que tenemos  en común conviene no perder de vista quien sale beneficiado.     



   
BIBLIOGRAFÍA / REFERENCIAS.

COPLESTON, F. «De Fichte a Nietzsche - 7» Editor digital: Titivillus, 1958
RUSSELL, B. «Historia de la filosofía occidental» Editor digital AlNoah, 1946
ROUSSEAU, J.J. «El contrato social» Editor digital Titivillus, 1762 




[1] RUSSELL, B.: ”[Rousseau] Sostenía que «el hombre es naturalmente bueno y que sólo las instituciones lo han hecho malo […]»”. «Historia de la filosofía occidental», 1946, p. 900
[2] RUSSELL, B.: ”En nuestros días Hitler ha sido consecuencia de Rousseau; Roosevelt y Churchill, de Locke”. «Historia de la filosofía occidental», 1946, p. 897
[3] COPLESTON, F. «Historia de la filosofía», 1960, p. 111
[4] ROUSSEAU, J. : ”La soberanía no puede representarse, por la misma razón que la hace inalienable; descansa esencialmente en la voluntad general, y no admite representación. […] Por lo tanto, los diputados del pueblo no son ni pueden ser sus representantes, son simplemente sus administradores, y no pueden llevar a cabo ningún acto definitivo. Toda ley que el pueblo no haya ratificado directamente es nula y vacía…”. Contrato Social, III, 15, 83

22 de noviembre de 2018

Brevísima retrospectiva del nacionalismo



“He visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: 
el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolchevismo en Rusia y, 
sobre todo, la peor de todas las pestes: el nacionalismo, 
que envenena la flor de nuestra cultura europea.”
S. Zweig, El mundo de ayer.



El autor del texto alrededor del cual va a girar este trabajo es Sir Christopher A. Bayly, nacido en Tunbridge Wells, Reino Unido, en el año 1945, se doctoró en Filosofía por la Universidad de Oxford en el año 1970, siendo profesor de Historia Imperial y Naval en la Universidad de Cambridge desde 1992 hasta 2013. Falleció en abril de 2015 a la edad de 69 años. El nacimiento del mundo moderno, del cual se ha extraído el fragmento que servirá de guía para el breve viaje que emprenderemos a través de los orígenes y las diferentes teorías del nacionalismo, nos habla de cómo ha cambiado la visión que tenemos actualmente de uno de los periodos más críticos e influyentes para nuestro mundo contemporáneo: su nacimiento; alejando su centro de la habitual visión euro centrista.

La tesis inicial de Bayly es precisamente esa, la necesidad de alejarnos de nuestra propia concepción: Europa no es la madre de la nación. Ésta llegó a Europa tras aparecer en Asia, África y las Américas siguiendo el proceso de una globalización emergente que luchaba precisamente contra las fronteras que las propias naciones estaban creando.  

Nos desplazaremos desde una visión más romántica (o cultural), en tiempos más cercanos al nacimiento[1] de los estados nación, a una mirada más pragmática, donde el nacionalismo vendría a dar la legitimidad frente al pueblo que el poder divino otorgaba a la antigua aristocracia; legitimidad necesaria para mantener las nuevas formas de gobierno establecidas después de las revoluciones liberales y que iban a permitir a las nuevas élites herederas del poder por derecho de sangre, mantener una cohesión que permitiera el gobierno efectivo que condicionara de forma positiva el marco económico ideal para su desarrollo.


Antes de nada, ¿cabe preguntarse qué es una nación?

Parecería lógico que en un texto dedicado al nacionalismo, una de las primeras preguntas que nos hiciéramos fuera, efectivamente, ¿qué es una nación?, pero es precisamente en este punto donde nos encontramos ante la primera dificultad. Por supuesto, existen múltiples definiciones[2], pero cuanto menos, merece la pena preguntarse si deberíamos invertir demasiados esfuerzos en tratar de definir a priori un concepto tan relativamente novedoso y escurridizo como el de nación, al que podrían aspirar, con más o menos legitimidad, un número casi infinito de comunidades.

La nación que conocemos, la real, solo se define a posteriori y a conveniencia de quien la ha creado; como nos dice Hobsbawm, la idea de nación solo existe en la cabeza de los nacionalistas[3], y añado, se esgrime también no con menos nivel de interés. En cualquier caso, parece lógico establecer un punto de partida, y pudiendo elegir, me quedo como concepto de nación el que la define como “cualquier conjunto de personas suficientemente nutrido cuyos miembros consideren que pertenecen a una nación”[4]. O como diría Ernest Renan a propósito de quien atribuye causas culturales como la lingüística al nacimiento de las naciones: “hay en el hombre algo superior (…): la voluntad”[5].

Pero hay que reconocer que se trata de una definición tremendamente ingenua, que podría considerarse subversiva desde un punto de vista nacionalista real[6]. En definitiva, mi opinión es que solo tendría sentido tratar de definir una nación, a priori, cuando nuestra intención es solo teorizar alrededor del nacionalismo,  sin defenderlo ni contravenirlo.

Cualquier intento de definición estricta y cerrada de nación podría entrar en conflicto con las definiciones utilizadas por naciones ya creadas o que se encuentren en ciernes. Dada la enorme diversidad de procesos y argumentos que han dado lugar a la formación de naciones, algunos de ellos con aspectos en común, sí, pero con complejidades que hacen imposible la homogenización y la simplificación previa, me parecería cuanto menos interesado, pretender establecer una definición que pudiera vetar, de salida, el surgimiento de nuevas naciones. Ernest Renan vuelve a expresarlo perfectamente cuando se pregunta porque Holanda es una nación, mientras que Hannover o el Gran Ducado de Parma no lo son, o cómo Suiza, que tiene tres lenguas, dos religiones y tres o cuatro razas, es una nación, mientras la Toscana, por ejemplo, que es tan homogénea, no lo es[7]. ¿Se sabe quién tiene la llave de la caja de las naciones? Hablaremos de ello más adelante, aunque quien quiera saber mi opinión de antemano ya puede seguir la siguiente referencia[8].


Cronología en Europa.

Nos encontramos en la época de las Revoluciones Liberales, que va de 1815 a 1848, el nacionalismo surge con las primeras resistencias a las invasiones napoleónicas; los diferentes gobiernos europeos, temerosos del expansionismo francés, no quieren volver a sufrir agresiones externas y, tras el Congreso de Viena[9], crean un nuevo mapa de Europa que permita restaurar la legitimidad de los respectivos soberanos y establezca un equilibrio que lleve a una estabilidad duradera para una forma de gobierno que se tambaleó de forma más que considerable a raíz de la Revolución Francesa de 1789. La nueva configuración de fronteras surgida de Viena, que no tuvo en cuenta las aspiraciones nacionales de muchos territorios y comunidades, se mantendría prácticamente inalterable hasta el final de la Primera Guerra Mundial y fue, de hecho, uno de sus principales detonantes.

A pesar de que las revoluciones nacionales de 1848 acabaron en fracaso para la mayoría de movimientos nacionalistas que habían quedado al margen de las nuevas fronteras fijadas, muchos de ellos lograron sobrevivir gracias a su adaptación a la nueva vida política, incluyendo sus reivindicaciones en los cauces preestablecidos y tolerados por los respectivos gobiernos. Ahora ya no era necesario ser revolucionario para ser nacionalista, buen ejemplo de ello lo encontramos en los casos de Alemania e Italia, cuyas naciones fueron creadas desde movimientos conservadores. Las élites burguesas se dan cuenta de que no pueden obviar los movimientos nacionalistas heredados de los errores del Congreso de Viena de 1815 y de que se exponen a un nuevo cambio de régimen si no los corrigen. Atenderán esos sentimientos nacionalistas desde la diplomacia, las alianzas y las guerras, que a su vez, les permitirán orientarlos a su conveniencia y encauzarlos para mejor adaptación a sus intereses.

A partir de 1870 y hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial se ponen sobre la mesa nuevos movimientos nacionalistas en el marco de naciones sin estado que parecen no amenazar ya los planes de la burguesía predominante. La nación se entiende en términos culturales, es decir, como fruto de unas características lingüísticas, religiosas y étnicas comunes. Se trata de un periodo en el que el nuevo estado-nación coge fuerza, donde se exalta el patriotismo que se alimenta de ese nuevo sentimiento nacional. Se incrementan las atribuciones del estado, para lo que debe crearse una administración que las gestione. Se toma conciencia de la importancia de la educación como papel primordial en la creación de esa conciencia nacional, así como del servicio militar, que exaltará la defensa de esa nueva nación frente a agresiones internas o externas; además de los medios de comunicación, cuyo control será cada vez más y más importante para crear la corriente de opinión necesaria. El objetivo parece claro, obtener el control por medios más sutiles que los utilizados por el antiguo régimen, lograr una cohesión social que permitirá mantener y reforzar la recién creada nación.


Teorías del nacionalismo[10].

Alejados ya, la mayoría de historiadores modernos, de las viejas teorías con las que los pensadores del s. XIX argumentaban el nacimiento de las nuevas naciones alrededor de la idea de antiguas comunidades unidas por la misma lengua, religión y cultura, se puede afirmar que la tendencia historiográfica actual va más en la línea de reconocer que se trató de un surgimiento un poco más “cocinado”. El debate actual gira entorno a como las élites dirigentes inventaron, construyeron o fomentaron esas nuevas naciones.

Ernest Gellner, en los año ochenta del siglo anterior, establecía una clara relación entre el nacionalismo y la industrialización / urbanización. Postula un nacionalismo convertido en el brazo político del capitalismo, necesitado de estabilidad para poder abarcar todas las posibilidades que las nuevas herramientas tecnológicas y procesos industriales habían puesto a su disposición. El descomunal incremento[11] de la población urbana, que huía del campo en búsqueda de unas mejores condiciones de vida acudiendo a la llamada de esas descomunales nuevas industrias que requerían de un número incesante de obreros, provocaba los primeros roces entre diferentes comunidades, algunas de ellas llegadas de muy lejos, alentando en los oriundos un sentimiento de protección de lo que se consideraba propio. El punto débil de la teoría de Gellner es no ser capaz de explicar cómo surgieron esos mismos nacionalismos en sociedades con un nivel de industrialización muy inferior a las del centro y este de Europa.

Más adelante, con Hobsbawm, pasamos de un concepto de nación fruto de las necesidades del capitalismo, a la intervención de un nuevo miembro activo: se presenta al Estado como constructor del nacionalismo, no como una consecuencia derivada de su nacimiento. En ningún caso se establece que el Estado lo crea de la nada, es importante volver a remarcar en este punto, tal como se indica en la referencia 10, que ninguna de estas teorías puede explicar por si sola la aparición del nacionalismo, por lo que la teoría de Gellner podría seguir teniendo su valor en la formación de las condiciones ideales que iban a llevar al Estado, una vez más encarnado en las élites burguesas, a poder actuar en la formación de las naciones.

Se debía reaccionar ante un socialismo cada vez más activo que se estaba constituyendo en una amenaza que se iba haciendo más y más real para los nuevos líderes: la clase obrera se estaba organizando y su unión podía verse como una amenaza para el nuevo estado de las cosas. El pueblo, fruto de su alianza para derrocar a la aristocracia, había delegado en sus gobernantes la capacidad para organizar una administración pública cada vez más compleja, que fácilmente podía dejar de estar al servicio del pueblo para rendir honores a la mano que le pagaba. Se habían otorgado al Estado enormes poderes que le permitían dirigir la educación, se habían creado sistemas policiales y se le había dotado nada menos que del monopolio de la violencia[12]. La creación del servicio militar, en pos de una seguridad fingida, fomentó también ese sentimiento de pertenencia a la nueva nación; hasta tal punto llegó a ser fuerte con el tiempo el sentimiento nacionalista en este sentido, que todos los sindicatos y partidos comunistas de los países en liza hubieron de renunciar a su amenaza de ir a la huelga, y parar la industria bélica, si se iniciaba la Gran Guerra, por miedo a ser acusados de traidores o antipatriotas. Fueron estos los principales elementos utilizados por el Estado para generar una cohesión y un control sobre quien había renunciado a sus intereses individuales por el bien común. Fue esa soberanía, cedida esta vez voluntariamente por el pueblo, la que fue utilizada para la creación del nacionalismo que venía a reforzar la nueva élite gobernante.

Benedict Anderson, desde un punto de vista más humano, pero sumándose a la teoría de Hobsbawm, le daba una gran importancia a la imaginación y a la capacidad del hombre de generar un sentimiento de pertenencia a algo que esté por encima de él y que le proporcione seguridad. Según Anderson, las enormes posibilidades ofrecidas por los nuevos medios de comunicación, fueron aprovechadas por el capitalismo para fomentar un sentimiento artificial de unidad, primero en las élites y después en el pueblo. Esta teoría vendría a rellenar el hueco de aquellas reclamaciones nacionales que no habían sido expuestas al capitalismo, ni a la urbanización, ni a un Estado imbuido de los mayores poderes por su propio pueblo, por ejemplo, en la Indonesia holandesa.

Bayly nos remarca finalmente la importancia del conflicto bélico, que según él no ha sido lo suficientemente resaltada en las principales teorías que nos hablan del surgimiento de los nacionalismos. Se refiere a conflictos entre diferentes estados, pero también entre miembros de un mismo estado. Todos estos conflictos, que venían a alimentar el sentimiento nacionalista de unos y otros nos hablan de cómo cada concepto propio puede definirse también, tal como nos indica el profesor Pagès[13], a partir de su contrario, de cómo el nacionalismo se alimenta y crece a partir otros nacionalismos que se consideran antagónicos y amenazantes; este concepto me parece fundamental para entender el nacimiento y desarrollo del nacionalismo.   

Dos de las conclusiones que deberíamos sacar de la exposición de todas estas teorías es que cada surgimiento de una nación y cada cuestión planteada por el nacionalismo debe ser analizada en su propio contexto histórico, huyendo además de grandes teorías que pretendan unificar y uniformizar.   

¿Podemos clasificar los nacionalismos?

A pesar de los poderosos actores que impulsaron el sentimiento nacionalista, utilizando las herramientas anteriormente mencionadas, debemos tener presente que el nacionalismo que se entiende actualmente tiene muy poco que ver con ese sentimiento incipiente que ya se encontraba presente en las almas de los ciudadanos antes de su inflamación por parte de las élites gobernantes. Bayly nos muestra un caso muy representativo de la idea que pretende transmitir, y es que los nacionalistas irlandeses de finales del s. XIX no reivindicaban la creación de un nuevo estado-nación para ellos, de hecho, miles de ellos lucharon en las filas británicas durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. No cabe duda de que el sentimiento nacionalista ya se encontraba presente, pero no como lo entendemos hoy en día, donde ese sentir nacionalista va íntimamente ligado a la creación de su correspondiente nación.

El autor no se resiste tampoco a clasificar el nacionalismo y nos ofrece una escala en la que solo determina los dos extremos, en uno coloca a los nacionalismos surgidos del viejo patriotismo[14], lo que vendría a ser el nacionalismo cultural comentado anteriormente, en el otro, los creados artificialmente por el Estado[15]. Entre estos dos extremos se abre una amalgama casi infinita de posibilidades, donde entiendo que podría tener cabida cualquier reivindicación realizada por un grupo de gente lo suficientemente grande y desde una argumentación razonable[16].

Habiendo llegado por cualquiera de estas dos vías o por cualquiera de las situadas entre ambos extremos, la realidad es que actualmente el poder es efectivamente ejercido por el Estado. En cualquier caso, y ante este tipo de reivindicaciones nacionalistas, que siempre vienen a enfrentarse con la situación actual de las fronteras y con el deber inherente al Estado de mantenerlas, deberá esperarse siempre el reforzamiento del sentimiento nacionalista en ambas partes, con el consiguiente peligro y mayor riesgo para el más débil.

Al final, tras las revoluciones de 1848, pusimos en las manos de los nuevos gobernantes, una vez más con confianza e ingenuidad, un sentimiento nacionalista que pretendía cambiar el estado de las cosas, no unos tiranos por otros. Lograron girar la tortilla, y utilizar ese sentimiento emergente de pertenencia a un grupo con afinidades comunes para perpetuarse y perpetuar la clase elitista a la que verdaderamente representan, tal como se había hecho antes a través de la sangre, pero ahora era más una cuestión económica y materialista.


Conclusiones. Nacionalismo come nacionalismo.

El importante papel que tuvo el nacionalismo, para bien y para mal, en la creación de nuestros estados-nación se ha visto relegado en nuestros días, según mi opinión, a un lugar común para las élites dirigentes, al que acudir cuando se quiere desviar la atención sobre los temas que no pueden resolver. El nacionalismo apela a los sentimientos más primarios del hombre, lo acerca a su manada, a la seguridad de su rebaño (en el sentido más positivo de pertenencia a una comunidad) que le protege con intereses comunes, pero donde también se siente más cómodo si alguien le dicta las consignas, prefiriéndolo en general antes que tener que enfrentarse a las propias dudas.

No quisiera poner todos los nacionalismos al mismo nivel, ni establecer unos nacionalismos malos y unos nacionalismos buenos, de lo que se trataría es de entender que ya cumplieron con su función principal, y que deben pasar a un segundo plano que permita afrontar los verdaderos problemas que nos acucian. Por decirlo de otra manera, no creo que exista en ninguna región del mundo ninguna fórmula mágica que otorgue a ningún gobernante la capacidad de no corromperse y que le permita velar únicamente por el interés común; aceptando esto como parte intrínseca de la naturaleza humana deberíamos, cuanto menos, dudar de cualquiera que acuda a razonamientos nacionalistas.
  
Lo curioso del tema es que, en general, el nacionalista de hoy en día, ni sabe que lo es, ni se reconoce como tal, solo es capaz de contemplarlo en su contrario. De tal manera ha sido implantado en nosotros ese nacionalismo que ni siquiera somos capaces de reconocerlo en nosotros mismos, solo en la persona que tenemos enfrente. La juventud del nacionalismo es tanta que sorprende. ¿Es bueno? como todo, con mesura, sin que se vuelva contra nosotros, sin que sea el centro de nuestra existencia, sin que nos divida un sentimiento de pertenencia o aspiración a no se sabe qué exactamente o presentado como solución magistral a todos los problemas. Parece como si después de la caída del Antiguo Régimen todavía estuviéramos anhelantes de algo más grande que los propios gobernantes, y lo que antes emanaba del poder divino y quedaba íntimamente asociado al gobierno, ahora se hubiera transfigurado en nacionalismo.

Nunca nos basta solo con el hombre: el Presidente, el Primer Ministro, el Premier, el Canciller… A falta de un dios que viniera a confirmarnos que la elección había sido correcta, debía formalizarse algo superior a ellos, pero esta vez, en vez de venir de arriba, se pretendía que viniera de abajo, del pueblo; pero en definitiva es algo demasiado abstracto, ¿qué es el bien común?, ¿quién lo determina?, ¿cómo lo transmitimos? Preguntas complejas planteadas en la Ilustración y a las que vagamente respondimos, en gran parte, con el nacionalismo.

Pío Baroja decía que el nacionalismo se cura viajando[17], expresión que forma parte ya del acervo popular. Qué más decir de algo que ya muchos hemos aceptado como una enfermedad a la que se debe buscar remedio.






[1] O creación.
[2] Anthony D. Smith define la nación como una comunidad humana con nombre propio, asociada a un territorio nacional, que posee mitos comunes de antepasados que comparte una memoria histórica, uno o más elementos de una cultura compartida y un cierto grado de solidaridad, al menos entre sus élites. Benedict Anderson nos dice que una nación es «una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana».​ Roberto Augusto afirma que «una "nación" es lo que los nacionalistas creen que es una "nación"».
[3] Hobsbawm, E. «Naciones y nacionalismo desde 1780», Ed. 1998, p. 17.
[4] Hobsbawm, E. «Naciones y nacionalismo desde 1780», Ed. 1998, p. 16.
[5] Renant, E., Conferencia en la Sorbona, 1882, p. 8.
[6] Real en el sentido esgrimido anteriormente por Hobsbawm.
[7] Renant, E., Conferencia en la Sorbona, 1882, p. 4.
[8] Los estados.
[9] 1815.
[10] Bayly, C. :”Estas teorías no tienen el valor de predicción, y ninguna de ellas puede, por separado, explicar la naturaleza, ni mucho menos la cronología, de la aparición del nacionalismo”
[11] Bayly, C. :”Por ejemplo, la población de Praga aumentó de 157.000 personas en 1850 a 514.000 en 1900”. Datos de Lieven, Empire, p.83.
[12] WEBER, M. «La política como vocación», 1919.
[13] PAGÈS, P. «Las claves del nacionalismo y el imperialismo, 1848-1914», 1991, p. 13. “En cualquier caso, parece claro que históricamente todo nacionalismo se afirma no sólo en función de la valoración que un grupo nacional haga de sus características o propiedades intrínsecas, sino también, y fundamentalmente, del grado de antagonismo que presente respecto a otros grupos nacionales.”
[14] Inglaterra, Francia o Japón.
[15] Gran Bretaña, Bélgica, el nacionalismo latinoamericano, Estados Unidos.
[16] La dificultad radicaría, una vez más, en establecer la cantidad que se considera lo suficientemente grande y quien valoraría lo razonable o no que es una reivindicación.
[17] Cita extraída de PALOMO, E. «Cita-logía», 2013.




BIBLIOGRAFÍA.


HOBSBAWM, Eric J.- Naciones y nacionalismo desde 1780, Barcelona, Crítica, 1992.
HOBSBAWM, Eric J.- La invención de la tradición, Barcelona, Crítica, 2002.
PAGÈS, Pelai.- Las Claves del Nacionalismo y el Imperialismo. 1848-1914, Barcelona, Planeta, 1991.
GOMBRICH, Ernst. Breve historia del mundo. Ed. Península. Barcelona. 2014
FIGUEROLA, Jordi. Nacionalisme i consolidació dels estats burgesos. Material didàctic de la UOC.
FIGUEROLA, Jordi. L’imperialisme. Material didàctic de la UOC.
RENANT, Ernest - ¿Qué es una nación? [Conferencia dictada en la Sorbona, París, 11 de marzo de
1882
Artículo: “El nacimiento del mundo moderno”. Revista EL CULTURAL, edición digital. RUIS, Octavio.
Septiembre de 2010.

26 de octubre de 2018

¿Qué nos hace humanos?



Me atrevo a imaginar que el gran medievalista francés Georges Duby debiera sentir el mismo miedo del que habla al pensar en sus colegas historiadores del siglo XVIII [1] (en referencia a la gran cantidad de información de la que disponían) que sus otros colegas más fascinados por los hechos que se desarrollaron hace de 6 a 7 millones de años, aunque en este último caso, su miedo pudiera ser fruto más bien de las enormes lagunas que debería afrontar.

De hecho, arqueólogos y paleoantropólogos, sólo han contado hasta hace relativamente poco, con los vestigios materiales de los yacimientos objeto de sus estudios, aunque conviene tener siempre presente que no dejan de ser una ínfima parte de la muestra original. No es de extrañar entonces que éstos se hayan venido utilizando como herramienta cronológica y clasificatoria, refiriéndose siempre a ellos a la hora de establecer periodos.

No ha sido hasta la aplicación en el estudio de la historia de disciplinas científicas como la etoprimatología, la etnología, la arqueología experimental o la ecoetología cuando se han podido superar los anteriores criterios que relacionaban la aparición del género homo con la fabricación de las primeras herramientas de piedra. 

Dos hechos relevantes vendrían a confrontarse a la clásica afirmación, por un lado, el descubrimiento de los restos del “Australopithecus garhi” (Etiopía, 2.500.000 años)[2] que se asocian con marcas en huesos de animales producidos por herramientas líticas, lo que probaría, per se, su uso anterior a la aparición del género homo. Por otro lado, y gracias a la etología, se ha comprobado que diversos primates son capaces de fabricar herramientas con elementos vegetales (madera, hojas,...), la naturaleza de las mismas haría muy complicada su conservación hasta nuestros días, pero cabe suponer que si, por ejemplo, chimpancés actuales son capaces de utilizar palos para coger hormigas, sorber el agua de lluvia recogida en una hoja o defenderse, sea poco menos que imposible imaginar a nuestros primeros ancestros homínidos sin la misma capacidad.

Por tanto, parece lícito pensar que la fabricación de herramientas, sean o no de piedra, no sea un elemento diferenciador de nuestra propia especie (homo sapiens), siquiera tampoco del género homo. Sería por tanto una característica común a toda la familia de los homínidos a la que pertenecemos, incluyendo por supuesto a los grandes simios : chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. 

La pregunta en este punto se hace entonces evidente, si no es la capacidad de fabricar herramientas, ¿qué es lo que nos define como humanos? 

La respuesta a esta pregunta puede ser abordada desde diversos ángulos. Quizás el lingüista nos convenciera de que sólo con la aparición del lenguaje nos diferenciamos del resto de los animales, pero sólo hasta que los biólogos nos hablaran, por ejemplo, de la complejidad de la comunicación entre ballenas o delfines. No sin antes hablar con el filósofo, que podría argumentar que sólo nos convertimos en humanos cuando llegamos a preguntamos, precisamente, qué es lo que nos convierte en humanos. 

En cualquiera de estos dos ejemplos, lingüistas y filósofos, no tendrán ningún problema en razonar su tesis mediante diferentes argumentos, pero en última instancia, se enfrentarán a las mismas dos cuestiones, estas son, ¿cuándo sucedió? y ¿de qué evidencias científicas se dispone para apoyar la tesis? 

El cuándo se presenta como una pregunta de capital importancia ya que, evidentemente, todos somos capaces de enumerar hoy en día multitud de nuestras diferencias con el resto del reino animal, unas más evidentes que otras, aunque convenga en ocasiones no generalizar en este aspecto y tener presente que no siempre será nuestra especie la que reciba la mejor valoración. En definitiva, nos estamos preguntando cuándo porque buscamos el primer hecho diferenciador, en qué momento nos convertimos en humanos, para ello deberemos huir del antropocentrismo que tan bien (y también) nos define como especie, pero volvamos a la pregunta inicial, ¿qué nos define como humanos?

Historiadores, arqueólogos y paleoantropólogos han encontrado en la preocupación por la muerte un hecho diferencial primigenio que les permite situarlo además cronológicamente y argumentarlo gracias al registro fósil. La clave son los enterramientos, su práctica implica una elevada capacidad de reflexión y auto-consciencia, una preocupación trascendente por su futuro, demostrando que se hacían unas primeras preguntas que ningún otro animal se había hecho hasta entonces. Se había plantado la semilla de la preocupación religiosa, que más adelante, en el Neolítico, formaría la base de nuestras religiones actuales. 

Superado el qué (nos define como humanos) y el cómo (gracias al registro fósil), nos enfrentamos, en mi opinión, a la principal cuestión, ¿cuándo?, su respuesta implica el hecho contradictorio de que quizás, en definitiva, no hayamos sido la única especie que pueda haberse considerado humana según este criterio. En 1886, fue descubierta en la cueva de Brèche (Bélgica), una sepultura Neanderthal que, en principio, no fue calificada como tal por las implicaciones que conllevaba aceptar ese nivel de reflexión en una especie extinta diferente de la nuestra. Se entiende ahora mejor la necesidad de dejar a un lado nuestro antropocentrismo para abordar la cuestión inicial de este texto. 

Es posible que ateos, incluso agnósticos, quisieran presentar alguna objeción a estas conclusiones, argumentando especialmente los primeros, que el ser humano no tiene por qué ser espiritual, mi respuesta a ambos sería que, sin duda, un hombre de Neanderthal que se hubiera definido a sí mismo como ateo o agnóstico podría recibir, sin duda y de forma directa, la calificación de humano al igual que lo definía su religiosidad, simplemente por la complejidad conceptual que implicaría, otra cosa sería que pudiera verse reflejado también en el registro fósil.

Intentar encontrar lo que nos define como humanos no es desde luego una cuestión baladí, tengo que confesar que he estada dándole innumerables vueltas al asunto. Dejando a un lado el cuándo, así como la posibilidad o no de demostrar cualquier afirmación que pueda hacerse para contestarla y, en la medida de posible, mi propio antropocentrismo, tengo la intuición de que la respuesta no puede ser única y que con el avance de las disciplinas científicas y los métodos que estudian el comportamiento de los animales van a ir reduciéndose poco a poco. 

He tenido tentaciones de hablar del pensamiento abstracto, aunque sin haber profundizado, tengo la impresión de que estamos todavía tan solo rascando la superficie de las capacidades de determinadas especies. No me atrevo tampoco a hablar de sentimientos como el amor, el perdón, el altruismo o la capacidad de superación como propios únicamente de nuestra especie.

Me he dado cuenta también que hay quien piensa que no existe absolutamente nada que nos diferencie como especie, y que nuestra característica principal es que llevamos algunos factores cruciales a unos niveles superiores. Quizás sea la antítesis del antropocentrismo y aunque es tentador hablar desde el extremo opuesto del concepto del que pretendía huir, tampoco creo que sea del todo correcto.

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[1] Duby, G. (1988). “Un nominalismo moderado”. A: Diálogo sobre la historia. Conversaciones con Guy Lardreau (cap. I, pág. 40). Madrid: Alianza. 
[2] Serrallonga, J. (2005, febrer). “Hominización”. La Vanguardia Magazine (pág. 45)


12 de mayo de 2018

Nuevo punto de vista renacentista

 

Que gran suerte haber vivido en esta época, parece que por fin la humanidad se ha propuesto transformar el mundo. No digo que las causas de todos los fenómenos que nos envuelven no sean importantes, pero nada en comparación con la propia manifestación de la naturaleza. Mi nombre no importa, pero déjame decirte que hace ya muchos años vine a Florencia, en busca de esas nuevas investigaciones que se anunciaban por doquier. Mi curiosidad y mis ganas de aprender fueron pronto recompensadas, ¡aquí no importaba mi origen humilde! Así que pronto fui capaz de prosperar, mis conocimientos sobre el trabajo del cuero me permitieron pronto abrir mi propio negocio, a los pocos años ya comerciaba con todas las ciudades del mediterráneo y ahora espero mi último día con paz y sosiego.

Que gran suerte haber disfrutado de los conocimientos y el arte de Leonardo da Vinci, cuyo interés por la realidad de las cosas y su relación entre ellas nos transmitió a todos un interés especial por la naturaleza, por el mundo que nos rodea. Sus experimentos nos han maravillado, yendo más allá de los clásicos nos ha demostrado que podemos avanzar, que nuestras vidas pueden ser mejores gracias al nuevo conocimiento científico.

Y qué decir de Copérnico, sus avances en matemáticas demostraban que se podía ir más allá de los dogmas establecidos en las Sagradas Escrituras, que existen otras vías de conocimiento que solo dependen del estudio y la experimentación. Ya no hay miedo, bueno, quizás un poco, y si no que se lo pregunten a Galileo, que tras haber inventado una herramienta científica tan increíble como el telescopio, ha puesto en jaque a la mismísima Iglesia, y su monopolio de la verdad, cuyos poderosos tentáculos no ha podido más que obligarle a que reniegue. El nuevo método científico de Galileo se ha configurado como la herramienta más poderosa contra la creencia y el misticismo cristiano.

Otra lucha requiere de una especial mención, pero esta vez se trata de una lucha interior, la que tuvo Kepler contra sus propias creencias y convicciones. Erguido sobre los hombros de Tycho Brahe, no pudo más que dimitir del modelo aristotélico vigente durante 2.000 años, ¡qué coraje! Esa órbita elíptica se me aparece ahora a mi como mucho más perfecta al ser fruto tanto del esfuerzo humano como de la caída de un muro que nos ha mantenido ciegos durante demasiados siglos.

No es que no me preocupe lo que me espera en la otra vida, si es que la hay, pero aquí hay mucho de lo que disfrutar, muchos amaneceres, muchas puestas de sol, muchas mujeres a las que amar y muchas cosas que entender. Soplan nuevos vientos, sin duda.