12 de mayo de 2018

Nuevo punto de vista renacentista

 

Que gran suerte haber vivido en esta época, parece que por fin la humanidad se ha propuesto transformar el mundo. No digo que las causas de todos los fenómenos que nos envuelven no sean importantes, pero nada en comparación con la propia manifestación de la naturaleza. Mi nombre no importa, pero déjame decirte que hace ya muchos años vine a Florencia, en busca de esas nuevas investigaciones que se anunciaban por doquier. Mi curiosidad y mis ganas de aprender fueron pronto recompensadas, ¡aquí no importaba mi origen humilde! Así que pronto fui capaz de prosperar, mis conocimientos sobre el trabajo del cuero me permitieron pronto abrir mi propio negocio, a los pocos años ya comerciaba con todas las ciudades del mediterráneo y ahora espero mi último día con paz y sosiego.

Que gran suerte haber disfrutado de los conocimientos y el arte de Leonardo da Vinci, cuyo interés por la realidad de las cosas y su relación entre ellas nos transmitió a todos un interés especial por la naturaleza, por el mundo que nos rodea. Sus experimentos nos han maravillado, yendo más allá de los clásicos nos ha demostrado que podemos avanzar, que nuestras vidas pueden ser mejores gracias al nuevo conocimiento científico.

Y qué decir de Copérnico, sus avances en matemáticas demostraban que se podía ir más allá de los dogmas establecidos en las Sagradas Escrituras, que existen otras vías de conocimiento que solo dependen del estudio y la experimentación. Ya no hay miedo, bueno, quizás un poco, y si no que se lo pregunten a Galileo, que tras haber inventado una herramienta científica tan increíble como el telescopio, ha puesto en jaque a la mismísima Iglesia, y su monopolio de la verdad, cuyos poderosos tentáculos no ha podido más que obligarle a que reniegue. El nuevo método científico de Galileo se ha configurado como la herramienta más poderosa contra la creencia y el misticismo cristiano.

Otra lucha requiere de una especial mención, pero esta vez se trata de una lucha interior, la que tuvo Kepler contra sus propias creencias y convicciones. Erguido sobre los hombros de Tycho Brahe, no pudo más que dimitir del modelo aristotélico vigente durante 2.000 años, ¡qué coraje! Esa órbita elíptica se me aparece ahora a mi como mucho más perfecta al ser fruto tanto del esfuerzo humano como de la caída de un muro que nos ha mantenido ciegos durante demasiados siglos.

No es que no me preocupe lo que me espera en la otra vida, si es que la hay, pero aquí hay mucho de lo que disfrutar, muchos amaneceres, muchas puestas de sol, muchas mujeres a las que amar y muchas cosas que entender. Soplan nuevos vientos, sin duda. 

7 de abril de 2018

Extraño final medieval

 

Recuerdo cuando fui a ver a mi Señor a su castillo, me dijo que no podía hacer nada por mí, que mi padre ya era porquero al servicio de su padre, y que mi abuelo fue porquero al servicio de su abuelo, que así había sido siempre y que siempre sería así, tal era la voluntad de Dios y ningún hombre podía hacer nada para cambiarla. Pero yo sufría, y mis hijos morían de hambre a causa de lo mala que había sido la cosecha ese año. ¡Qué podía hacer! Era imposible alimentar a mis cerdos aunque trabajaba sin descanso de sol a sol. Mi párroco decía que habíamos hecho algo malo, por lo que siempre me sentí culpable, y que todo lo que debíamos saber estaba en ese libro que siempre levantaba orgullosamente y con el que parecía querer golpearnos continuamente, pero yo tampoco entendía demasiado bien sus largos sermones, solo recuerdo el miedo que sentía desde pequeño al entrar en la penumbra de la casa de Dios, con esas extrañas pinturas en las paredes, que parecían escrutarme el alma.

Sudaba sangre para pagar los diezmos, e iba a la iglesia tal como se me exigía, pero nunca entendí el porqué de los castigos que nos enviaba nuestro Señor. Sabía que el fin de los tiempos estaba cerca, de eso no tenía la menor duda por la vehemencia con la que lo anunciaban, y me esforzaba por seguir el camino correcto, sino fuera por el convencimiento de la felicidad que me espera ahora, al final de todo este sufrimiento, no sé cómo lo hubiera resistido. Hoy, por fin, el sol ha dado para mí su última vuelta, y no deja de ser curioso verme aquí, desangrándome lentamente debajo de este maldito carro, sin posibilidad de recibir ayuda, cuando todo lo vivido, toda la dureza de mi existencia, cobra más sentido si cabe, ya que voy a reunirme por fin con mi Creador. Pero… un momento… ¡no voy a poder recibir confesión!, maldita sea mi hora… espero que mi Creador no sea tan desgraciado como el párroco que me ha obligado a hacer este viaje…